• "Agradezco a Héctor Morales la creación de este Blog..." Fernanda
  • domingo, abril 15, 2007

    ¡Cuentas claras, amistades largas!

    Siempre me han gustado los refranes. Mi padre me los enseñó de niña y ahora no dejo de sorprenderme como unas pocas palabras resumen grandes verdades: por algo se conocen como sabiduría popular. En cualquier relación el tema del dinero resulta a veces espinoso. En las parejas es la mayor causa de pleitos, según los expertos (aún por encima del sexo) y los malos entendidos por dinero han acabado con amistades, relaciones de trabajo, etc. Nada más cierto que el refrán: “Cuentas claras, amistades largas”.

    Si en cualquier asunto de una relación es importante ser claros, cuando el tema es monetario hay que ser doblemente claros y cuidadosos. Así nadie de nadie se siente ofendido y la amistad perdura. Por amigos que seamos, nadie está peleado con su lana.

    Nos guste o no, la manera en que nos relacionamos con el dinero nos define y
    habla de cómo somos. Si no te gusta gastarlo eres codo, si lo compartes eres
    generoso, si lo cuidas eres previsor, etc. Podemos conocer mucho de una
    persona cuando vemos su relación con el dinero. Por ejemplo cuando llega la
    cuenta en una mesa, algunos dividen todo entre partes iguales, otros prefieren
    que cada quien pague lo que consumió, unos quieren dejar más propina que
    otros y nunca falta quien se hacen rosca con la cuenta. Lo más probable es que
    como somos con el dinero, seamos con todo lo demás. El generoso será
    generoso para todo y el que es ventajoso, de la misma manera, lo será en todas
    las facetas de su vida.

    Mi amigo Luis me contó una vez que alcanzo en un restaurante en Nueva York
    a unos amigos. Él había ido antes al teatro, por lo que llegó cuando ellos
    estaban terminando de cenar, así que pidió una ensalada y sus amigos le
    ofrecieron una copa del vino que estaban tomando. Los amigos habían pedido
    platillos exóticos en exceso. Luis describió la escena de la siguiente manera:
    “Mira Fernanda, te juro que parecían políticos priístas en los años setenta,
    había de todo y por su orden”. Se imaginarán que tales viandas fueron
    debidamente acompañadas por vinos carísimos. A la hora del postre se les unió

    Otro amigo que también pidió cualquier cosa para cenar. Al llegar la hora de la
    cuenta, era un dineral, por supuesto. El amigo que había llegado primero al
    restaurante dividió entre cuatro sin preguntar. El amigo que había llegado a la
    hora del postre saco puntualmente su tarjeta sin decir nada. Luis no supo que
    hacer. Le parecía que dividir entre cuatro era injusto pero tampoco quería
    quedar como un codo, así que sacó también su tarjeta sin decir ni pío, pero
    sintió que sus cuates estaban abusando. ¿Qué hacer en éstos casos? Lo
    platicamos y llegamos a la conclusión que lo más correcto es que en estos casos
    es preguntar, para no ser abusivos, si a todos les parece bien dividir la cuenta
    en partes iguales o si prefieren pagar cada quien lo que consumió. Así la
    decisión es de cada uno y cada cual sabrá que decir.

    Por muy amigos que seamos uno no se puede parar de una mesa sin antes
    hacer un arreglo económico. O bien pagas tu cuenta con anterioridad, le dices a
    un amigo que se haga cargo de tu parte, o dejas dinero. Si tus amigos deciden
    invitarte, ¡qué maravilla! Pero eso es su decisión. Tú no puedes asumir que
    ellos correrán con tu parte de la cuenta, e irte como si nada. No se vale. Es una
    falta de educación y consideración y la verdad nadie quiere tener amigos
    maleducados o desconsiderados.

    Si por alguna razón no tienes dinero para la cuenta y aplicas el “préstame y
    luego te pago” hay que entender, significa justo eso: dentro de un periodo
    razonable de tiempo es necesario cubrir tu deuda. Quienes así lo hacen siempre
    conservarán sus amistades (y recibirán nuevos préstamos). Lo peor del caso es
    que hay algunos que además de que “olvidan” pagar a tiempo, se molestan por
    que se los recuerdes y algunos llegan hasta ofenderse. ¡Faltaba más! No hay
    ninguna vergüenza en que nos cobren lo que debemos, la vergüenza es no pagar
    a tiempo. Más que ofendernos, hay que ver como vamos a devolver el dinero
    cuanto antes.

    Lo mismo aplica para los encargos. Si le pides a un amigo que te traiga algo de
    un viaje no es un regalo. Las palabras correctas en estos casos cuando te
    entregan el encargo no son “Muchas gracias” sino “¿Cuánto te debo?” (Y claro
    que también se agradece el tiempo que se tomó para buscar el encargo). Para
    evitarse problemas mi amiga Gabriela a la hora de los encargos siempre dice:
    “Con gusto te lo traigo pero para que no se me olvide, ¿por qué no me lo
    apuntas lo que quieres en el billete con el que lo voy a pagar?

    Por más que pensemos que el dinero no afecta las relaciones con nuestras
    amistades, lo hace y mucho. Por eso la sabiduría popular no se equivoca al
    hablar de la importancia de ser bien claros con las cuentas para conservar
    amistades. Ya lo dijo Eleanor Roosevelt: Aquel que pierde dinero, pierde
    mucho; aquel que pierde un amigo pierde mucho más.

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    lunes, febrero 26, 2007

    Exigiendo la propina…

    Exigiendo la propina…

    El sábado pasado comí con algunas de mis amigas. Cuando llegó la cuenta, Alexis sacó su calculadora, la revisó, la dividió entre las cuatro que éramos, nos preguntó si nos parecía bien dejar como propina el 15 por ciento, y luego le explicó al mesero cuánto debía cargar a cada tarjeta y cuánto en efectivo.

    La neta, con lo organizada que es Alexis, es raro que tengamos problemas. Pero esta vez los tuvimos; el mesero, Javier, se tardó horrores en traernos cuentas del asunto. Cuando al fin llegó, nos dijo que había habido un error al cargar la cuenta a una tarjeta y que había que pagar el remanente en efectivo. O sea que teníamos que pagar por su ineptitud.

    Y además de inepto, burro. No conforme con la espera y la estupidez, todavía se dio el lujo de comentarnos con un retintín que quiso ser irónico: “Y sólo me dejan 50 pesos de propina”. “¿Cómo?”, preguntó Alexis extrañada: “Le dejamos 15 por ciento”. “Puede usted checarlo”, siguió con su tonito el tal Javier, pasándonos una calculadora. Por supuesto que al revisar, todo estaba en perfecto orden y en efecto le habíamos dejado 15 por ciento.

    Pedimos hablar con el gerente, y Alexis le puso las cosas en claro: sin alterarse pero con los calzones bien firmes, le recordó que la propina es opcional y voluntaria y que reclamársela a la clientela no está bien. El gerente ofreció sus disculpas y una copa de la casa que, por supuesto, no aceptamos.

    “El reclamo no va por ahí”, le dijo Alexis. “Esto no es un trato adecuado para nadie, y menos para cuatro mujeres. Además, no está a la altura de su restaurante. A ver: ¿usted cree que el mesero hubiese dicho lo mismo si fuésemos hombres?”. El gerente se quedó callado, lo pensó unos momentos y respondió que no. “Pues por eso se lo digo”, le dijo Alexis. Bye.

    Pero la verdad es que el problema de la propina va más allá del género y del monto. En México la propina no es obligatoria, y si quieren cargarla en la cuenta —cosa que muchos hacen— tienen que avisar con antelación. Ya saben, lo más común es dejar entre diez y 15 por ciento, según te hayan servido, pero creo que muchos dejan 15, aunque el servicio sea malo, para evitar que los demás comensales piensen que hay tacañería o que no hay lana.

    Honestamente, mientras no haya obligación de darla, la propina es como el respeto: no es algo que se exige en automático; es algo que se debe ganar a pulso. Debería ser el reflejo de la satisfacción del cliente y no de las expectativas de quien sirve; uno da lo que considera justo o lo que puede. Exigir algo voluntario es una contradicción de términos. Pero nunca falta el amargoso que te reclama por considerar que dejaste poco. Con estas actitudes, menos ganas te quedan de ser generoso y más bien te preguntas, cual Hamletcillo urbano, “¿dejar o no dejar? Ésa es la cuestión”. Porque además resulta que no sólo esperan propina los meseros: quieren su gratificación de a chaleco el que te embolsa el mandado en el súper, el de la gasolinera, el viene viene del estacionamiento, el que te quita la cubeta de “su calle” para que te puedas estacionar, el que te bolea los zapatos, el del valet parking, el botones, y un largo etcétera. Todos esperan propina y muchos la reclaman; si no cumples su expectativa, te matan con la mirada.

    Si sumáramos lo que gastamos cada mes en propinas, apuesto a que nos quedaríamos sorprendidos. Y pese a ello siempre habrá reclamos. ¿Por qué? Porque el sistema está diseñado para eso: en muchos de estos negocios donde el que te da el servicio te extiende la mano, es porque los contratan con un sueldo miserable bajo el argumento de que reciben propinas. O sea que en vez de darles un incentivo para que mejoren su trabajo, acabamos pagando la parte de su sueldo que el patrón no quiso pagar. Por eso se sienten con derecho a exigir, a diferencia de los profesionistas, para cuyos servicios rarísimas veces vemos asociado el concepto de una propina o gratificación.

    La leyenda dice que la palabra propina, “tip” en inglés, está formada de las iniciales que significan “To insure promptness”, para garantizar la rapidez. Seguramente es un mito urbano, como lo es también la definición: “Agasajo que sobre el precio convenido y como muestra de satisfacción se da por algún servicio”. Como dijera Cantinflas, ahí está el detalle: muestra de satisfacción. No más. A mí me parece que en todas partes, pero en especial en los restaurantes, debemos especificar explícitamente el porqué de nuestra propinia: si no quedamos conformes, lo decimos, y si el servicio es muy bueno, lo aplaudimos.

    Termino esta columna con una nota de decepción. Mientras indagaba sobre el término “propina”, me encontré en la Wikipedia una triste realidad: entre las muchas acepciones de la palabra, parece que entre funcionarios y policías se disfrazan como propina conductas que implican soborno y corrupción. La Wikipedia pone explícitamente el caso de México, donde los policías piden “para sus refrescos”.

    ¡Esto es vergüenza, y no el Apocalypto de Mel Gibson! Me dolió ver nuestra realidad documentada en la Wikipedia no sé si científicamente, pero sí de una manera que nos refleja. Creo, como muchos, que es hora de que aceptemos que la única forma de acabar con la corrupción es dejando de ser parte de ella, y que tan corrupto es el que soborna como el sobornado; no hay excusas ni pretextos. La propina es opcional; la mordida, no. Nunca. No hay pretextos, circunstancias atenuantes o peros: mordida es igual a corrupción, y punto.

    martes, noviembre 21, 2006

    Somos mexicanos

    Mi amiga Rebeca dijo hace poco: "La vida era más fácil antes Fernanda”. De
    verdad, estos tiempos modernos no nos están ayudando. Extraño las épocas de
    la prepa en que salías con alguien y si todo iba bien, después de un número de
    salidas el susodicho usaba la fórmula mágica para empezar relaciones
    amorosas, el clásico: “ ¿quieres ser mi novia?” y listo, sabías perfectamente en
    dónde estabas parada en una relación. “Ahora no es tan sencillo ¿sabes? sales,
    te la pasas bien, y varios besos y salidas después no hay nada claro ¿Cómo
    saber cuándo andas con alguien?” Pues sí, tengo que darle la razón a Rebeca.
    Los tiempos ya cambiaron y la verdad hay historias desconcertantes. Rebeca
    sabe por qué lo dice. Hace un tiempo un tal Carlos, le hizo la peor jugarreta.

    Después de besuquearse en público, conocer a su familia, dormir juntos cuatro
    días a la semana; decirle cuánto la quería y lo feliz que era con ella; un día se
    refirió a su relación como “una amistad como la nuestra”. Rebeca oyó la
    palabra amistad con acento en la Á, pero sintió que le estaban pintando en la
    cara una “G” de golfa. Y tuvo que contenerse para no romperle la cara al idiota,
    antes de finalizar su amistad desde luego.


    Es difícil transitar por la modernidad con la nueva forma de relacionarse y los
    valores tradicionales. Y ahora para los treintañeros entre divorcios, amores
    libres, fuck-buddies, frees, las cosas se complican. Es difícil saber en qué parte
    de la relación anda uno, sobre todo cuando empieza.

    La verdad es que la mayoría de las mujeres queremos estabilidad y saber qué
    terreno estamos pisando cuando salimos con alguien. Así que mientras que a
    muchas les gustaría un título oficial, ellos no necesariamente piensan o quieren
    lo mismo. Además, viene la pregunta del tiempo. Hay personas que han salido
    por dos años antes de darse cuenta que están enamorados y hay quienes se
    gustan a la primera mirada. ¿A las cuántas salidas, cuántos besos, cuántas
    noches juntos somos algo? La verdad, es imposible saberlo. Cada pareja es
    diferente y cada persona tiene una idea diferente de lo que cada cosa significa.

    Mi amigo Fabián salía con su “samba” (como él llama a su somebody: sambady
    = samba a manera de abstracción o discreción para referirse a su media naranja). Como a la tercera o cuarta salida, samba lo invitó a un evento
    familiar y le dijo: “Yo necesito saber, tu y yo ¿Qué somos?” La respuesta de
    Fabián fue implacable: “¿Cómo que qué somos?”Somos mexicanos”. ¡Sopas! Me
    imagino lo que pensó samba al oír esa respuesta, pero no se puede presionar a
    nadie para que empiece una relación o formalice algo cuando no quiere. Es
    difícil coincidir en tiempos y momentos.

    A veces la pregunta no viene de ninguno de los integrantes de la pareja, sino de
    algún amigo que (sintiéndose cupido y con las mejores intenciones) pregunta:
    “Y ¿ustedes qué son? ¿Andan? ¡Ooops! Es una pregunta incómoda, primero
    porque no te lo preguntan cuando estás a dos metros de la otra persona, nada
    de eso, te lo preguntan cuando estás de alguna manera en una situación de
    “cercanía”, digamos, y segundo, porque muchas veces cuando empiezan las
    relaciones no tienen un título, estás en el proceso de conocer a la otra persona.
    Por otra parte, a eso de los treinta y tantos como que ya estamos grandecitos
    para ponerles títulos a las relaciones y a los sentimientos que tenemos con
    quien salimos. A mi amiga Bertha le pasó hace poco con Ramiro, el cuate con
    el que está saliendo. En una cena, una amiga les preguntó: “Ustedes dos, ¿qué
    onda? ¿Andan? Bertha y los demás invitados de la cena estaban colorados, pero
    Ramiro contestó con gran tranquilidad: “lo que se ve no se pregunta”. Fin de la
    conversación.

    Puede ser que te tranquilice tener un título de novia o lo que sea, pero la neta,
    creo que los hechos dicen más acerca del status de la relación que un título. Si
    te das cuenta que hay interés, que cumple con lo que dice, que te sientes bien
    con esa persona y te hace sentir bien: ¿Importa el título? La seguridad no debe
    venir del título, sino de la calidad de la relación. En ningún momento de la vida
    es buena idea hacer suposiciones. Por eso es importante hablar claro, es vital
    quedar de acuerdo para que sepamos a qué nos atenemos. La neta es que,
    cuando las relaciones empiezan, están plagadas de expectativas y si uno habla
    con la verdad las expectativas desaparecen o se vuelven realidades, se evitan los
    malentendidos y todos contentos. Al final no importa el título que tenga una
    relación, sino que ésta sea buena y que ambos estén felices el uno con el otro.

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    lunes, octubre 16, 2006

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    domingo, octubre 08, 2006

    Peras Al Olmo

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    Imagina que vas caminado por la calle y te topas con uno de tus mejores amigos. Necesitas dinero. Él te saluda amablemente y le dices que estás en una urgencia, necesitas dos mil pesos en efectivo en ese instante. Le preguntas si te los puede dar. Tu amigo se queda pasmado. Calcula que no junta ni 200. ¿Cómo te va a poder dar dos mil? Revisa cuidadosamente sus bolsillos y cartera y la cosa se pone peor: apenas tiene 150. Con gusto te los ofrece y te dice que es todo lo que te puede dar. Tú insistes: “Si me quisieras, me los darías; no puedo creer que seas así conmigo”. ¡Ups! ¿Qué hacer? La verdad es que a tu amigo le gustaría poder darte el dinero que necesitas, pero el problema no es que en ese momento sólo tiene 150 pesos. “No tengo más”, te dice apesadumbrado. “Si me esperas, voy a tratar de conseguirte algo más”. “No”, le contestas en tono agrio. “Yo los quiero en este momento; es ahora o no me sirve”. “Bueno, pero ¡qué necedad!”, piensa. “¿De dónde voy a sacar dos mil pesos cuando sólo tengo 150? No puedo darle más que lo que tengo en este momento”. Claro.
    Mi amiga Liliana me dio el ejemplo anterior, y lo remató con el clásico: “Nadie puede dar lo que no tiene, así que no le pidas peras al olmo”, queriendo ilustrar el trato que otros tienen para con nosotros. ¡Qué obvio y a la vez qué difícil de entender! La verdad es que nos pasamos la vida pidiendo peras a los olmos. Si una persona está claramente malhumorada, ¿qué más puede darnos en ese momento fuera de su mal humor? Así como no puedes dar el dinero que no tienes, explicaba Liliana, en nuestro trato a los demás tampoco podemos dar lo que no tenemos. Así que si una persona no se ama a sí misma, difícilmente podrá amar a alguien más; si una persona está triste, no te puede dar más que tristeza. Por eso, cuando recibes algún altrato o insulto, en realidad las personas sólo te están dando eso de lo que están llenas, que es lo único que tienen para dar. Así que cuando alguien nos contesta de mal humor es como si le estuviéramos pidiendo dos mil pesos de alegría pero sólo tiene 150 pesos de mal humor y es lo que nos da en ese momento.
    “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dice el refrán. Y la verdad hay momentos en que somos viles topos porque nos rehusamos a ver cómo son las personas y qué nos pueden dar. Como Míster Magú, a veces les pedimos a quienes nos rodean un trato que está más allá de lo que pueden dar. Para colmo, nos enojamos cuando no lo hacen. Les pedimos que sean cariñosos o detallistas a quienes nunca lo han sido, ahorradores a los gastalones, generosos a los codos, juiciosos a los reventados, o fieles a quienes han sido conocidos Don Juanes toda su vida.
    Lo paradójico del asunto es que sí podemos de alguna manera “ver” cómo son, pero aún así preferimos hacernos los ciegos e insistimos en que sean de otra manera. Susana empezó a salir con un tipo que era a todas luces un solterón empedernido (algo que todos sabían a fondo, incluyendo a Susana). Iban y venían, se la pasaban en el cine, cenando, pero de compromiso, ni hablar. Susana se negó a ver la realidad —algo que a menudo nos pasa a todos, ¿no?— y se empeñó en creer que con ella todo sería diferente. Por supuesto que aquello nunca sucedió. El solterón jamás le pidió matrimonio, y Susana se quejó amargamente a los cuatro vientos del comportamiento del galán. Claramente no vio que era un olmo muy feliz como olmo, y en vez de buscarse un peral, se aferró a él.
    Cuando lo vemos desde este punto de vista, resultamos injustos en nuestro trato con los demás. Si ya sabemos que tenemos una amiga a la que le choca salir, ni para qué le pedimos que nos acompañe al antro. Ah no, pero bien que le insistimos y le armamos panchos de sentimiento cuando se niega a venir con nosotros. Esta ceguera no es nada más para nuestros familiares, jefes, parejas o amigos. No. También nos volvemos ciegos con los políticos y gobernantes. Si ya sabemos que son olmos (en este caso, corruptos, desobligados, prepotentes, o como sean), no les pidamos peras (que sean honestos, trabajen, sean tolerantes y humildes) y menos les creamos cuando nos dicen que ahora son perales.
    Cuando aprendemos a ver la gente como es y no como nos gustaría que fuesen, y los aceptamos así, es como si dejáramos de pedirle peras al olmo y ya no hay pleito con la realidad. Entonces, podríamos contar la historia anterior de la siguiente manera: Imagina que te topas con un amigo en la calle y te dice: “Necesito lana, ¿cuánto me puedes prestar?”. O si sabemos que nuestro amigo no tiene mucha lana, en vez de pedir tanto sencillamente hubiéramos dicho: “Oye, ¿tienes 100 pesos que me prestes? Me urgen”. “Por supuesto”, hubiera sido la respuesta. “Tengo 150, ¿no necesitas más?
    Les comento que estoy estrenando blog en www.milenio.com para que le echen un ojo y dejen sus comentarios.

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    domingo, octubre 01, 2006

    No te cases con una profesionista

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    A finales de agosto Forbes publicó un artículo de Michael Noer titulado “No te cases con mujeres profesionistas”. El material causó polémica ya que el autor sostiene que las “mujeres profesionistas” (las que tienen un diploma universitario, trabajan más de 35 horas a la semana y ganan más de 35 mil dólares al año) son terribles esposas y madres. Noer argumentaba que las mujeres profesionistas tenían más probabilidades de ser infieles con sus colegas y de divorciarse, y de pilón era menos probable que quisieran tener hijos y realizar labores domésticas. El autor recomendaba casarse con mujeres, altas, bajas, gordas o flacas, lo que fuera, menos profesionistas. Los editores de Forbes le dieron derecho de réplica a Elizabeth Corcoran, profesionista exitosa y felizmente casada, quien rebatió uno por uno los puntos del señor Noer y ofreció otro punto de vista sobre el tema.

    Esto de que a los hombres les asusten las mujeres profesionistas es más viejo que el pecado. Varios estudios hablan del tema; los comenté hará unos diez meses en un artículo titulado “Mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”. Lo que me sorprende es el enfoque tan simplista y hasta cierto punto mediocre que Noer le da al tema. ¿Por qué? Porque no se trata de escoger lo menos complicado, sino lo que en realidad nos hará felices.

    Si aplicamos la premisa del señor Noer al mundo laboral podremos ver muy claramente lo absurdo de su planteamiento: “No escojas el trabajo que te dé más posibilidades de crecer y te ofrezca más retos; más bien busca el trabajo en donde tengas menos riesgo de ser despedido”. No viene al caso. Es igual que ir al súper con la lista de lo que NO quieres, en vez de ir con la lista de lo que necesitas. No sé si Noer sea padre o esté casado, pero no me imagino diciéndole a su hijo: “Cásate con Fulanita porque no trabaja, porque es más probable que limpie tu casa, cuide a tus hijos y que no te engañe; aléjate de Zutanita, de la que estás enamorado, que te respeta y complementa pero, ¡horror!, es profesionista”. O peor tantito, diciéndole a su hija: “Mira, reina: no estudies ni trabajes porque es más fácil que así puedas pescar marido”. Me parece inconcebible.

    El artículo en cuestión menciona que las mujeres profesionistas tienen más probabilidades de divorciarse (sobre todo porque tienen su propio sustento económico). ¿Y? ¿Dónde esta la tragedia? El matrimonio no es una carrera de resistencia. El punto no es estar casado, sino felizmente casado. A pesar de que creo en la pareja, siempre he pensado que el divorcio no es un fracaso de vida; pero que el quedarse estancado en una mala relación sí lo es.

    Que alguien te mantenga (porque tú no trabajas) NO es una razón válida para seguir casado con esa persona. Tampoco me parece válida para el proveedor. Si nos ponemos en sus zapatos, ¿creen que de verdad querrán que esa sea la razón por la que estén con ellos? ¿Porque son los que pasan el gasto? No lo creo. Habrá quienes se hagan mensos con este tema, pero la verdad es que por ambas partes pensar así es evidencia de muy poca autoestima.

    Respecto al tema de la infidelidad (que bien merece capítulo aparte o de menos otra columna) y las mujeres profesionistas; me parece que ser infiel, más que un tema relacionado con las calificaciones profesionales del otro, tiene que ver con uno mismo. Quien es infiel es infiel porque quiere, sea o no profesionista. Es una decisión personal en la cual la edad, belleza, carácter, condición y demás atributos (o falta de ellos) del otro tienen poco o nada que ver. ¡Qué fácil repartir culpas a la profesión en vez de hacernos responsables de nuestras acciones y sus consecuencias!
    Parece un buen consejo eso de no buscar complicaciones, pero la verdad es que no ser profesionista tampoco garantiza nada. Igual te sale más complicada la mujer que está todo el día en su casa que la que trabaja; quién sabe.

    El señor Noer no habla de buscar una mujer que te complemente, te respete, te haga reír, comparta tus ilusiones, te escuche, te ayude a conseguir tus sueños, (y tampoco menciona el asunto del sexo, lo cual me parece bastante sospechoso). No, nada de eso. Recomienda irte por el menor de dos males a buscar la “fácil”, la que te va a armar menos panchos, te reclamará menos y tiene menos oportunidades de engañarte.

    Pero, ¿por qué hacer eso? ¿Por miedo a fracasar? La verdad, me extraña que en toda esta polémica hayan sido las mujeres las que se indignaron. Eran los hombres los que tendrían que haber puesto el grito en el cielo después de que los pintaron como seres asustados, adictos al control, que “no pueden” con una mujer profesionista. Pero esta es mi opinión. ¿Tú que opinas? Me gustaría conocer tus comentarios.

    Para ver el artículo de Forbes: http://www.forbes.com/2006/08/23/Marriage-Careers-Divorce_cx_mn_land.html

    domingo, septiembre 24, 2006

    A Palabras Necias, oidos sordos

    A palabras necias, oídos sordos

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    "Ya estás en edad de sentar cabeza”. “Ya no tienes edad para empezar otra carrera”. “A tu edad no viene al caso que hagas algo así”. “Deberías saber mejor, con los años que tienes”. ¡Qué cosa! Toda nuestra vida somos jóvenes para algo y viejos para otras cosas. A los 12 no tenemos edad para manejar, pero somos viejos para tener triciclos. Si a los 45 decidimos empezar a estudiar Medicina nos dirán que somos muy viejos, pero jóvenes aún para cobrar el dinero del retiro. Existe, nos guste o no, una serie de expectativas colectivas para cada etapa de la vida. Conforme vamos creciendo, nuestra familia y la sociedad esperan que hagamos tal o cual cosa.
    ¡Medimos la vida en números, en vez de vivencias! Y no conformes con tan craso error le ponemos a números unas ciertas expectativas. A los 25 carrera terminada, a los 30, magnífica edad para casarse, a los treinta y tantos hay que tener casa propia y así con todo.
    Y si bien es cierto que hay una edad idónea para empezar los estudios y otra para terminarlos, para empezar a trabajar y para dejar de hacerlo, también es cierto que no necesariamente son las mismas para todos.
    Lo paradójico es que mientras aceptamos que todos somos diferentes, por otra parte pretendemos que todos hagan las mismas cosas más o menos a la misma edad. Si por algo no cumplimos esta expectativa, ¡ups!, defraudamos a esa sociedad. “A tu edad yo ya estaba casada y con tres güercos” ¡Gulp! “A su edad ya debería tener casa propia”. “Ya está grandecito para seguir viviendo con sus padres”. La verdad es que todas estas expectativas nos ponen una presión innecesaria. Por ejemplo, el cuento de que hay que casarse a cierta edad le ha puesto prisa a más de uno. Las más de las veces con nefastas consecuencias, claro.
    El problema con de las expectativas es que las cosas pocas, muy pocas veces salen como planeamos o como queremos que sean. Bien lo dijo William Shakespeare: “Las expectativas son la raíz de todos los dolores de cabeza.”
    http://www.milenio.com/mexico/milenio/firma.asp?id=439311 Página 1 de 3
    México, D.F. 24/09/2006 07:58 PM
    Regresando a las edades, una expectativa es que a eso de los 30 años ya debes estar establecido en la profesión que hayas elegido. Si a los 30 decides que no quieres ser ingeniero y que quieres empezar a estudiar Medicina, más de uno dirá que estás loco y que estás perdiendo el tiempo. ¿Y todo el tiempo que perderás haciendo algo que no te gusta? Tal vez no es común volver a la universidad a los 30, pero que sea inusual no quiere decir que esté errado. Peor es pasar toda una vida haciendo algo que odias (y quien te critica tal vez quiera cambiar pero no tiene los arrestos para hacerlo).
    Cuando tratamos de vivir nuestra vida basados en las expectativas de otros estamos perdidos. Porque si a una determinada edad no te has casado, no tienes casa propia, el trabajo, el reconocimiento profesional, los hijos o tal o cual cosa, de alguna manera los estás defraudando. El problema es que al presionarte por vivir como otros esperan dejas de ver lo que sí tienes. Como es el caso de Álvaro, que le dio por vivir en lo que sus amigos llamaban “la bohemia” porque dejo la arquitectura por la pintura. Por supuesto su nueva ocupación le permitía hacer muchas cosas que gustaban; como despertarse tarde y pintar de noche. Por unos años estuvo bien, hasta que un mal día le dio por compararse con sus amigos. Por supuesto que no tenía la misma solvencia económica que ellos. Ahí empezó la agonía de su existencia. En vez de enfocarse en su calidad de vida y la fortuna de poder hacer lo que amaba, al compararse se vio en desventaja y se sintió un perdedor. Historias así hay miles, nos compramos el cuento de lo que debería ser y dejamos de apreciar lo que somos.
    El músico británico Brian Eno, decía que el no esperaba que sus álbumes fueran un éxito. El los hacía sin importar el resultado. Disfrutaba de su creación independientemente de las copias que vendieran. ¡Qué gran lección! En vez de presionarse por vender más, disfrutaba lo que hacía y ese placer no estaba sujeto a la opinión de los demás. ¿Cuántas veces dejamos de disfrutar la vida por andar clavados en la expectativa? Cuando le ponemos muchas expectativas a un evento, un trabajo o una persona, invariablemente nos sentiremos defraudados. Cuando vivimos tratando de cumplir las expectativas de otros, también.
    Pero no tiene que ser siempre así. Después de una reunión de amigas de la escuela a las que todas llegaron con las reglamentarias fotos del marido y los hijos, dos de ellas, que no se habían casado ni tenían hijos, en vez de gastar su energía en sentirse solteronas y quedadas, decidieron que ese momento (en que no tenían hijos ni marido) era el ideal para hacer el viaje de sus sueños a lugares remotos, cosa que hicieron.
    Con cuánta frecuencia el “debería” nos roba la realidad y la capacidad de sentirnos orgullosos de lo que hacemos o aceptar a las personas como son. Y si nuestras propias expectativas nos roban la realidad, tratar de cumplir con las expectativas de los demás nos puede robar la vida.
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    neteandoconfernanda@yahoo.com

    domingo, septiembre 17, 2006

    Blog de Fernanda en Milenio

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    El grito de la independencia

    El Grito de Independencia


    Ser independientes implica valernos por nosotros mismos. Y vale igual para personas y para países. A México independizarse le tomó poco más de 11 años de lucha; como personas, lograr independizarnos de nuestros padres para formar nuestra propia vida, toma un poquito más.

    Así como nosotros un día nos damos cuenta de que ya estamos mayorcitos para decidir nuestra vida, un grupo de habitantes de la Nueva España resolvieron que ya era tiempo de que nuestro país dejara de depender de las decisiones de España y planearon cuidadosamente un movimiento que le diera a México su independencia.
    Originalmente pensaron iniciar su movimiento el 2 de octubre en San Juan de los Lagos, pero como alguien le avisó a las autoridades, hubo que adelantarlo. Así, hace 196 años, la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810, don Miguel Hidalgo llamó a misa al pueblo con gritos como ¡Mexicanos, que viva México! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!

    Así empezó México, entre exclamaciones, su lucha para conseguir su libertad y nacer como una nación soberana. Como personas también iniciamos nuestro camino a la vida con un grito al nacer para iniciar el camino (que tomara muchos años) para valernos por nosotros mismos.

    En el transcurso de nuestra vida nosotros también vamos conquistando escalones de nuestra libertad e independencia. Igual que México, que un día decidió que ya no podía estar ni un minuto más bajo el dominio de España, nosotros también hemos estado en situaciones que requieren de medidas drásticas, planeación y hasta lucha para ser libres. Sí. Todos en algún momento hemos echado nuestros muy particulares gritos de independencia.

    Para Clara, la independencia de su vida llegó con el grito que le dio un día a su marido: “¡Tú ya escogiste!” (cuando lo encontró con una movida). Con ese “grito de independencia” inició su proceso de divorcio y empezó una vida de autogobierno que, como muchas mexicanas, no había conocido, ya que pasó de ser la “hija de” a ser la “señora de”. De todos los gritos que ha pegado en su vida, fue ese el que cambió su vida para bien y puso fin a una situación de abusos.
    Salvador dio su “grito de independencia” por escrito. Él trabajó varios años en una empresa transnacional; para su jefe, un alemán que no hablaba ni jota de español, su buen juicio fue indispensable. Cuando el jefe se retiró y llego otro, todo cambió. Era imposible darle gusto al nuevo mandamás. Un día Salvador oyó que “el buen gallo en cualquier gallinero canta”, y le cayó el veinte. Afinó su currículum, empezó a buscar chamba, y le entregó al jefe su carta de renuncia. En ese momento sintió que dejaba de ser el Pípila y de cargar una piedra en sus hombros.

    Los “gritos de independencia” no tienen que ser alaridos como los de Clara; pueden ser sutiles como susurros o movimientos bien planeados. Rita, cansada de ser ignorada, por su galán Cristóbal, empacó cuidadosamente todas las cosas de él que tenía en su casa. Entre lágrimas y pucheros, lleno una caja y se la mandó con una carta. En ese momento se dijo: “ya estoy libre para algo mejor”. Cansada de definir la vida alrededor de sus galanes, decidió estudiar e invertir su tiempo en ella y se fue a Londres a tomar un curso. ¡Viva la independencia!

    “Salir del clóset” o declarar abiertamente la homosexualidad, reconocer una adicción o una falta grave, son fuertes y valerosos gritos de independencia, de autoaceptación y congruencia, ya que los recién independizados prefieren que los rechacen por ser como son, a que los acepten a costa de engañar a otros. Bien hecho.

    Historias de este tono las hay por miles, y creo que todos hemos gritado por nuestra independencia muchas veces en nuestras vidas. La libertad es un derecho de pueblos y personas y, como todo derecho, tiene una obligación aparejada; como bien dijo el escritor americano Elbert Hubbart, el precio de la libertad es la responsabilidad.

    Si no se usa la libertad responsablemente, desaparece para ser un libertinaje. Tanto a las personas como a los países les lleva tiempo aprender a usar su libertad y tomar por sí mismos todas las decisiones. Con el tiempo y tras un rosario de errores, aprendemos que la independencia se sigue conquistando todos los días, porque hay que seguir decidiendo correctamente para seguir siendo independiente.

    Al final del día, las personas, igual que los países, tienen que balancear su presupuesto, imponer normas para su casa, cumplirlas, planear a futuro. En fin, todo lo que conlleva el uso responsable de la libertad, lo cual suena muy similar a las obligaciones de los gobiernos de los países libres.

    Lo que pensamos acerca de nosotros mismos tiene consecuencias similares. Si tenemos poco de amorosos, si somos destructivos de nuestra persona, estaremos llenos de complejos y no vamos a ser felices. Si los políticos no se ponen de acuerdo para erradicar los principales problemas de México y siguen anteponiendo intereses partidistas a los del país, tampoco seremos felices. Aprovechemos estos días en que celebramos la Independencia de nuestro país para independizarnos de las situaciones o personas que nos hacen daño y nos impiden ser felices.

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    neteandoconfernanda@yahoo.com

    sábado, septiembre 16, 2006

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    domingo, septiembre 10, 2006

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    domingo, julio 23, 2006

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    domingo, julio 09, 2006

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    domingo, junio 25, 2006

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    domingo, junio 18, 2006

    Hay papacito



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    domingo, junio 11, 2006

    Por su linda cara



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    domingo, junio 04, 2006

    Sarna con gusto no pica



    2° Lugar en Monterrey

    2° Lugar en Público

    domingo, mayo 28, 2006

    Manejando bajo la lluvia


    Versión impresa

    domingo, mayo 21, 2006

    Un Mundo Virtual; la vida antes y después de internet



    Segundo lugar en Torreón

    domingo, mayo 14, 2006

    Usté no diga no, aunque se llene de hijos


    Primer lugar en Guadalajara

    Cuarto lugar en DF Posted by Picasa

    domingo, mayo 07, 2006

    Jue-bebes: ¿Noche de cuernos o inseguridad?






    1er lugar en Guadalajara

    1er lugar en Torreón Posted by Picasa

    domingo, abril 30, 2006

    La vacuna del amor


    1er lugar en Monterrey


    1er lugar en Guadalajara


    1er lugar en Torreón Posted by Picasa

    sábado, abril 22, 2006

    Gente que apantalla; gente que da valor

    Gente que apantalla

    jueves, abril 20, 2006

    Ganar seduciendo